mundo. Harpagón nos interesa porque habla de nosotros, estén donde estén los índices de la Bolsa.
¿De nosotros? Sí, de nuestro miedo, de nuestra sensatez exagerada, o no tanto: como Harpagón es un ser humano, que no otra cosa dibujó Molière, teme que el gasto excesivo lo lleve a la pobreza, al hambre. Bien es verdad que cualquiera consideraría fuera de lugar a un hijo que es capaz de, para atender a sus gastos de ropa y adornos, poner como garantía de préstamo la cercana muerte de su propio padre – ¿o puede ser que eso ocurra en algunos lugares? –; o que un cocinero planee una cena tan abundante que mataría a un cocodrilo – eso, hoy día, parece impensable, es cierto – sin atender ni al gasto ni a la salud de los comensales; sin embargo, condenamos la actitud avariciosa del individuo que se rebela contra eso, nos parece risible el avaro. Tal vez, porque no nos creemos avariciosos. Es curioso. ¿Acaso hay un más claro ejemplo de lo que es la avaricia que el Occidente de nuestros días?
Molière hundía sus raíces en Plauto, en su comedia de la olla. Para Molière sirve la frase célebre de Terencio, nada humano le es ajeno: muestra una actitud tan risible porque sabe que es cercana, real, humana. Hay un hilo fácil de descubrir, que une a Plauto con Molière y a éste con Chaplin o Billy Wilder. Una mirada divertida pero llena de piedad para seres que son tan miserables como cualquiera de nosotros. Por eso hablamos de algo eterno. Nuestro miedo, nuestra pequeñez.
Contado de una forma tan sencilla que podría servir para un guiñol en un parque, para hacer reír a un grupo de niños. Contado de una forma tan profunda y sabia que revela toda la verdad sobre nuestros miedos. Sobre ese material, esa magnífica literatura dramática de Molière, Lavelli dibujará un universo absolutamente moderno y Galiardo hará un trabajo de interpretación inolvidable. Qué suerte, estar en medio de todo esto.
